Murió Jorge López Páez; malicia, en el mejor de los sentidos

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Falleció, a los 94 años, el autor veracruzano, “un dandy”, narrador virtuoso, hombre divertido y buen conversador

Jorge López Páez (1922-2017) vivía la literatura, escribía como sucedía la vida, sin estructuras, mostraba la realidad con inocencia y malicia al mismo tiempo, “era un hombre culto, inteligente y mal intencionado en el mejor sentido de la palabra”.

En esto coinciden Pável Granados, Juan José Reyes y Rafael Pérez Gay, amigos, editores y alumnos de ese “gran maestro de la vida” que murió ayer a las 10:15 de la mañana en su casa de la Ciudad de México, a los 94 años de edad, informó el INBA en un comunicado.

Los restos del novelista y cuentista que nació un 22 de noviembre en Huatusco, Veracruz, fueron velados anoche en la funeraria García López, ubicada en General Prim 57, colonia Juárez, a partir de las 18:00 horas, donde se reunieron familiares, amigos y alumnos de quien dio clases en la UNAM durante más de 30 años.

Los entrevistados definen al integrante de la llamada Generación de Medio Siglo y autor de unos 20 títulos como “un dandy”, un narrador virtuoso, hombre divertido, buen conversador y magnífico anfitrión.

Convertía la maledicencia en literatura. Escribir era su vida”, afirma Granados sobre el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2008, que reforzó su fama en 1985, cuando el cineasta Jaime Humberto Hermosillo llevó a la pantalla grande Doña Herlinda y su hijo, inspirada en el cuento homónimo de López Páez.

Entre la obra que más destacan de quien estudió derecho en la UNAM se encuentra El solitario Atlántico (1958), La costa (1980) y Los cerros azules (Premio Villaurrutia 1993).

Tenía una singular manera de vivir la literatura, era un dandy. Tenía un penthouse en la calle de Havre, con muchas obras de arte (Soriano, Gironella, Rojo) y cartas de Juan Soriano. Era un gran conversador y un tanto indiscreto, le gustaba el tequila. Decía que estaba dispuesto a vender las cartas de Soriano a muy buen precio, ‘es decir, baras’, decía”, recuerda Pável Granados.

El investigador, quien fue alumno de narrativa de López Páez en la UNAM, agrega que “te mostraba la realidad con inocencia y malicia al mismo tiempo, tenía una gran capacidad para eso. Fue un narrador virtuoso: cuando lo lees, pasan y pasan las páginas y permaneces embebido en una serie de anécdotas divertidas, extravagantes.

Era exquisito, dominaba la narrativa portuguesa, la española y la novela inglesa. Platicaba de todo”.

Añade que “sus historias son como la vida, porque la vida no tiene estructura. Todo lo convierte en una anécdota. Yo creo que guardaba todas las anécdotas que vivía y le contaban y de pronto las ponía en algunas de sus novelas. Escribir era su vida, su gran afición, pienso que lo seguía haciendo”.

Para el editor y ensayista Juan José Reyes, el autor de Los invitados de piedra (1961) y Lolita toca un vals (1992) “contaba la vida tal como sucede, a su ritmo natural. Tenía un gran poder de observación. Nunca guardó rencor, era bromista, alegre, siempre de buen humor”.

Reyes señala que López Páez era amigo de su padre y piensa que es uno de los escritores menos conocidos de su generación. “Desgraciadamente, no fue hasta recientemente, de los años 80 hacia acá, que fue más leído”.

Por su parte, el escritor y editor Rafael Pérez Gay, quien le publicó en Cal y Arena De Jalisco, las tapatías, destaca que además “era un hombre con formación filosófica, que había compartido experiencias con el Grupo Hiperión. Fue amigo de Alejandro Rossi, y conocido de José Gaos”.

Lo recuerda como un magnífico anfitrión. “Cuando nos reuníamos en su departamento de la calle Havre nos daba unos estofados huatusqueños muy ricos. Era un hombre culto, inteligente y mal intencionado en el mejor sentido de la palabra”.

Asegura que “se va probablemente uno de los últimos representantes de esa generación. Su singularidad radica en que, mientras en sus compañeros había una tendencia a abrir ventanas al mundo con la obra; él, como los escritores veracruzanos, alcanzó lo universal a través de lo local, como una forma de acercarse a lo humano. Tuvo una vida plena, llena de amigos y nos lega una obra fundamental”, concluye.

Los entrevistados coinciden en que es importante
reeditar la obra de López Páez. “Sus libros merecen circular de nuevo con una mayor distribución. Hay que hacer que una nueva generación lo lea”, dice Pérez Gay.

UN NARRADOR EN ESTADO PURO

A Jorge López Páez no le gustaba hablar en público, pero era una delicia escucharlo en privado. Aunque ser el centro de atención le incomodaba, nunca rechazó participar en encuentros, ya para presentar alguno de sus libros, ya para recibir parabienes, ya para comentar su obra, de la que siempre dijo no ser experto ni haberla releído. Nunca, tampoco, rechazó alguna entrevista, “actos necesarios” para la promoción de la literatura, pero ante los reporteros se salía por la tangente para hablar apasionadamente de la vida y obra de sus autores favoritos. Es ese sentido, le gustaba mencionar que un escritor es producto de sus lecturas. También citaba a Stravinsky: “No hay inspiración, hay trabajo”.

Y sí, Jorge López Paéz fue un escritor profesional, un desenfrenado contador de historias, un narrador en estado puro. Cerca de 30 libros, entre novela y cuento, exclusivamente, lo corroboran. Desde que apareció El solitario Atlántico, en 1958, ha sido posible encontrar sistemáticamente ediciones de López Páez, ya sea en editoriales públicas o privadas, en las mesas de novedades. Sus novelas suelen ser mosaicos anecdóticos y sus cuentos parecen novelas cortas. En todas ellas privilegió, sin más, la vida cotidiana de niños y adultos por igual. Lo inmediato como valor universal.

En el espléndido prólogo de Antología, selección de cuentos de López Páez que la UNAM publicó en 2002, José Joaquín Blanco anota: “me da la impresión de un Voltaire en guayabera”. En López Páez se advierte la relación de hechos que ocurren enfrente de nuestras narices. “Siempre se han reconocido la destreza, la limpieza, el sabor a verdad recién bebida del pozo, la economía narrativa de López Páez”, continúa Blanco.

Por más de 30 años transmitió sus conocimientos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ahí, en un ambiente mucho más relajado, en una pequeña aula donde rara vez hubo diez estudiantes, tampoco le gustaba hablar de su obra.

De hecho, López Páez decía que no enseñaba, pero era lo contrario. Malicioso, prefería preguntar a ser interrogado. Era muy bromista: “No leí su trabajo final, no me gustó”. Sus bromas lo llegaron a meter en aprietos, entre otros, con Ricardo Garibay y Carlos Fuentes. Alguien dijo que López Páez prefería perder una amistad con tal de contar un buen chiste.

Pero fue un profesor generoso que nos descubrió un sinnúmero de autores que nadie más enseñaba: de las novelas de espías de Eric Ambler a Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood; la Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides, a A. J. P. Taylor, el brillante historiador inglés. En ese contexto, hacia 1994 lo conocí. Fuimos sus condiscípulos, entre otros, el ensayista Pável Granados, y el académico Jorge Muñoz, que dedicó sus tesis de licenciatura y maestría a la obra de López Páez. De vez en cuando nos invitaba a su casa o a una cantina, charlas que eran extensiones académicas a las que se sumaban escritores y periodistas como José de la Colina, Juan José Reyes, Ignacio Trejo Fuentes o Ernesto Herrera, todos del equipo de El Semanario Cultural de Novedades, una de las casas editoriales de López Páez. Alguna vez Pepe Reyes nos preguntó: “¿Y por qué ustedes dos se hablan de usted?” No era difícil simpatizar con Jorge López Páez y casi de inmediato tutearlo, pero yo siempre lo traté de “usted”. Siempre fue mi maestro.

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